Antiguamente, la picadura de tabaco y el librillo de papel eran el talismán que a los fumadores acompañaba. En el librillo, para indicar la próxima finalización del mismo, una de las hojas era roja: se acerca el final, ¡no va más!Miguel Delibes, en su famosa obra, ya se valió de esta metáfora para señalar el fin; ahora, tras la Media Maratón de Trubia, yo me sirvo de ella, pues ya no doy más, he bajado de 1:30 en unas condiciones atmosféricas perfectas, un trazado idóneo, mi mayor esfuerzo y una distancia roída por un argayu. Creo que ya no podré superar esta marca.
La mañana se había presentado fresca, sin apenas brisa, un olor pestilente cubría la ciudad armera; el café solo ya había empezado a cabalgar cuando se inició la prueba. Los primeros capítulos transcurrieron veloces, tal vez sin fijarme demasiado en su contenido, palabra tras palabra, página tras página. Mis ojos devoraban las letras sin apenas tiempo para sentir, hasta que mediada la obra, camino de Santiago, mi cuerpo comenzó a resentirse del esfuerzo reclamando mi atención, refrenando mi sucesión de lecturas casi hasta el punto de hacerme doblar la esquina superior de la página.
En San Andrés se iniciaba el desenlace; los últimos capítulos eran la clave para conocer si la obra era meritoria, así que los fui desgranando uno a uno, paso a paso, metro a metro, hasta llegar a un final inédito para mí, 1:29:15.
Ha sido mi mayor éxito, mi best seller, mi “El código da Esquíus”, número 1 de ventas en mis piernas y en mi corazón, mi hoja roja.
Pero aun me quedan un puñado de hojas blancas que puedo y quiero disfrutar como si fueran el último librillo, una de ellas la quemaré en lo que no es más que un libro de bolsillo, los 10 k. de
De vuelta a casa, en el coche, como en mi blogue, los acordes del “Aubrey” de Bread supusieron, suponen, el epílogo de mi enfrentamiento con mis molinos de viento.


