La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias. Caía a golpes, en toneladas, entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba lo suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres, y su cuerpo, y sus cicatrices y su alma... Era una lluvia sólida y vidriosa y no cesaba de caer.Entonces, los atletas dejaban vacía la línea de salida, refugiados bajo los arcos de la Plaza Mayor de Orense, entre chubascos, chaparrones, chubasqueros, "choiva" que impedía la luz del amanecer.
Había que rodear en 6 ocasiones el río Miño, 3 en cada sentido, 7 km. en cada ocasión y el "chof-chof" del chapoteo de los charcos y las Chavasqueiras serían nuestros más fieles acompañantes.
Acompañado de Ráfagas,
nos sumergimos en la anegada mañana orensana intentando evitar los riachuelos de su casco antiguo. Las esperanzas del empapado esfuerzo se doblaban en la oscura esquina ahogada del primer paso por meta en el k. 14, desaparecida la ilusión por correr.
Con la mixta mezcla de sudor y "choiva" la desilusión se secaba, y el barro, las losas resbaladizas y las hundidas huellas de quienes nos precedían nos llevaban a una
meta en el Puente Romano y con ella, casi 3 horas y 50 minutos después de la inmersión, sí, paradójicamente, la ducha anhelada.
Clasificación