Tras la tormentosa noche, en la que Nuberu nos demostró su excepcional estado de forma con viento como nunca vi ni oí, rayos, lluvia y granizo, me apetecía acercarme hasta San Juan y Salinas para ver el estado de la mar.
Nada más salir de casa, pude observar árboles, señales, letreros, tendidos eléctricos, contenedores, tejados de naves por los suelos...recuerdos de una noche en la que el observatorio de Gijón midió rachas de 199 km/h., ¡lástima de no haberlas aprovechado para batir la marca personal en cualquier distancia!
Al llegar al inicio de la desembocadura de la ría de Avilés, es decir girando al Norte, la fuerza del viento se incrementó muy notablemente, hasta el punto de impedirme prácticamente avanzar y amenazando con romperme el cortavientos, que ni cortaba ni era viento.
La mar estaba preciosa, amenazante, todo eran olas, espuma y ruido ensordecedor mientras el granizo parecía estar realizando sobre mí curas de acupuntura.
Al bajar a la arena me di cuenta de algo muy extraño: la marea estaba muy baja en la playa de San Juan, en tanto que a medida que avanzabas hacia el Oeste, ¡estaba alta!; como si alguien tirara de la mar hacia Salinas.
Recorrer el arenal de 3 km. me resultó muy duro, soplando siempre un vendaval de lado o de frente que dificultaba mucho el avance pero, al mismo tiempo, iba muy entretenido obse
rvando cómo aquel jugaba con la espuma de las olas y las lanzaba corriendo sobre la arena, tiñéndola de blanco.
Al llegar al Museo de Anclas tuve una perspectiva de la bahía preciosa, como se observa en las fotografías, aunque no pude pasar a La Peñona por encontrarse cerrado su acceso.
Al llegar al Museo de Anclas tuve una perspectiva de la bahía preciosa, como se observa en las fotografías, aunque no pude pasar a La Peñona por encontrarse cerrado su acceso.
Comencé el regreso a Avilés entre lluvia y granizo, por el paseo de la playa, y allí pude observar cómo, de nuevo, la meteorología se había cebado con el emblemástico restaurante "El Balneario", ya dañado por el fuerte oleaje hace un mes, y al que ahora el viento le había llevado parte de su techumbre.
El final del rodaje transcurrió entre restos de mobiliario urbano y árboles arrancados por la tormenta.
Al final el recorrido fue de unos 16 km., pero tanto correr contra el viento me cansó como si hubiera subido 2 veces el Angliru.
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